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Biopsiquiatría Iluminada


Publicado originalmente en el Boletín de Inteligencia Parental Número 62, 6 de octubre de 2003

Esta semana, quiero mirar más de cerca un aspecto del llamado ‘ADHD’ que me pareció ser, desde el principio, una especie de anomalía.

El ‘ADHD’, como sabemos, es generalmente presentado al público como una especie de ‘mal funcionamiento’ del cerebro. Un “trastorno neurobiológico” o “enfermedad cerebral”.

¿Qué es, entonces, lo que por lo general sucede a continuación si alguien sospecha que un niño tiene un trastorno neurobiológico – una enfermedad cerebral?

Bueno, echemos un vistazo a un ejemplo de algo que, en lo que a mí concierne, nadie discute que sea un GENUINO trastorno neurobiológico o enfermedad cerebral: La Encefalitis.

Según la información obtenida en el sitio web del ‘Canal de Neurología’:

“La encefalitis es una inflamación (irritación e hinchazón) del cerebro. A menudo coexiste con la meningitis (inflamación de la cubierta del cerebro y la médula espinal) y la mayoría de los casos son causados por una infección viral. La encefalitis va de leve a grave y puede derivar en daño neurológico permanente y muerte.”

Así es cómo típicamente se diagnostica la encefalitis:

“El diagnóstico de la encefalitis se basa en lo siguiente:

        Historia clínica (incluidos reciente exposición a insectos, viajes, cambios de personalidad, y contacto con animales o enfermedades poco comunes)

        Examen neurológico
        Análisis de sangre y orina
        Diagnóstico por imágenes (por ej., TAC, RMN, EEG)
        Punción lumbar

Se realiza un examen neurológico para evaluar el estado mental, detectar problemas neurológicos tales como disfunción motora y convulsiones, y ayudar a determinar qué área del cerebro se ve afectada.

Los análisis de sangre y orina se utilizan para aislar e identificar los virus. Los ensayos inmunoabsorbentes ligados a una enzima (ELISA), incluyendo la captura de IgM ELISA (MAC-ELISA) e IgG ELISA, pueden identificar los virus que causan la encefalitis poco después de la infección. La reacción en cadena de polimerasa (RCP) puede detectar pequeñas cantidades de ADN viral.

La TAC (tomografía axial computada) y la RMN (resonancia magnética nuclear) producen imágenes computarizadas del cerebro y se utilizan para detectar anomalías tales como hinchazón (edema) y sangrado (hemorragia). La RMN es capaz de detectar las anomalías tempranamente en el curso de la infección. El EEG (electroencefalograma) consiste en colocar los electrodos en el cuero cabelludo para registrar y analizar la actividad eléctrica en el cerebro. Los patrones de las ondas [cerebrales] pueden sugerir trastornos convulsivos o una infección viral, tales como el virus del herpes.

La raquicentesis, o punción lumbar, se realiza para detectar signos de infección en el líquido cefalorraquídeo y ayuda a hacer un diagnóstico. En este procedimiento, se inserta una aguja entre dos vértebras lumbares (columna lumbar), se recoge el líquido cefalorraquídeo, y el fluido es analizado por recuento elevado de glóbulos blancos, sangre, y presencia de virus.”

http://www.neurologychannel.com/encephalitis/index.shtml

Eso es bastante impresionante – note cuánto esfuerzo se pone en establecer un diagnóstico correcto.

El ‘ADHD’, se le dice al público, también es una ‘enfermedad cerebral’. Por lo tanto, Ud. esperaría que sea diagnosticado usando métodos similares y con similar esfuerzo y cuidado, ¿no?

De hecho, ocurre que el ‘ADHD’ se diagnostica normalmente mediante algo llamado ‘Escalas de Conners’. Son fundamentalmente cuestionarios.

La Escalas de Conners fueron concebidas por C. Keith Conners, Ph.D., en 1970.

Aquí hay algo sobre ellas de la página de ventas de una empresa llamada Wide Range:

“Las nuevas Escalas de Conners Revisadas (1997), incorporan varias nuevas mejoras a un conjunto de medidas que han sido durante mucho tiempo el estándar para evaluar el trastorno de déficit de atención con hiperactividad (ADHD) en niños y adolescentes. Los datos normativos para los formularios revisados provienen de un muestreo basado en una gran comunidad de niños y adolescentes recogido a lo largo de Estados Unidos y Canadá. Las normas están disponibles para niños y adolescentes de 3 a 17 años en formularios para calificación de padres y docentes.

Las escalas se corresponden con síntomas usados en el DSM-IV™ como criterios para el ADHD. También contienen un nuevo índice empíricamente creado para la evaluación de los niños y adolescentes en riesgo de un diagnóstico de ADHD.

Las Escalas de Conners para Padres y Maestros están disponibles en versiones cortas y largas y ofrecen medidas alternativas con contenidos y propiedades psicométricas variados. La CTR-R: L y la CPRS-R: L [*1] incluyen un Formulario de Perfil ColorPlot™ para hacer un perfil de las puntuaciones de la escala. Los Formularios ColorPlot™, son ideales para presentar los resultados de la evaluación a los padres.”

[*1] N.T.: CTRS-R: L, significa “Conners’ Teacher Rating Scales Revised Long Version”, es decir, Escala de Conners para Maestros Revisada, Versión Larga. Lo mismo para la CPRS-R: L, para Padres.

El ‘Kit Completo para Padres/Maestros’ cuesta U$S 168,00 (eso es, aproximadamente, 250 dólares australianos).

Aquí hay un artículo sobre las Escalas de Conners que probablemente sea un poco más neutral. Es de ‘Clinical Psychology Review’, Volumen 21, Número 7, octubre de 2001 (páginas 1061-1093)

“LA ESCALA DE CONNERS PARA PADRES: UNA REVISIÓN CRÍTICA DE LA LITERATURA
William J. Gianarris, Charles J. Golden y Lorie Greene.

Centro de Estudios Psicológicos, Universidad Nova Southeastern, College Avenue 3301, Fort Lauderdale, FL 33314, EE.UU.

Resumen

Las Escalas de Conners para Padres (CPRS) han sido objeto de una considerable cantidad de escrutinio – y posterior refinamiento, remodelación, y revisión – desde su desarrollo en 1970. Si bien este escrutinio longitudinal en última instancia ha dado lugar a un más fiable, válido instrumento de evaluación, ha dejado tras de sí una estela de literatura, llena de desinformación y ambigüedad. Las distintas versiones de la Escala de Conners (CRS), su uso indebido, y los informes inexactos de los investigadores, han creado un cuerpo de literatura que es difícil de interpretar y engañosa para sendos investigadores y clínicos. Esta revisión tiene por objeto aclarar cuestiones relativas a la correcta utilización de las CPRS, tanto como instrumento de diagnóstico y cuanto para herramienta de investigación.

DISCUSIÓN

Antes de que las propiedades específicas de las CPRS puedan ser discutidas, es importante comprender el cuerpo de la literatura a partir de la cual se extrajeron los datos. Un total de 108 estudios que abarca casi tres décadas fueron revisados, con 51 de estos rechazados por una variedad de razones (por ejemplo, insuficiencia estadística, informes inexactos, etc.) De los restantes 57 estudios, pocos estaban destinados específicamente a las CPRS. Sin embargo, el diagnóstico y las propiedades psicométricas se han tomado como un hecho, y las escalas se utilizaron para diagnosticar, realizar un seguimiento del progreso terapéutico, validar nuevas medidas, y así sucesivamente.

La voluntad general de utilizar las CPRS, ha creado, a valor nominal, un equivalente de 30 años de investigación con poca exploración específica sobre la validez y fiabilidad de un instrumento de evaluación ampliamente utilizado en la actualidad. Esta escasa investigación orientada, ha hecho del análisis retrospectivo de las CPRS algo difícil en el mejor de los casos. Gran parte de los datos presentados en esta revisión han sido extraídos de estudios en los que las CPRS fueron usadas en un rol de apoyo o auxiliar – dejando a las conclusiones acerca de las escalas en sí, para ser sacadas a partir de una variedad de investigaciones desconectadas.

Además, muchos investigadores han omitido informar con precisión cuál de las CRS se utilizó, cómo se calificó la prueba, o qué factores se incluyeron u omitieron en los análisis. A pesar de que estas omisiones se debieron probablemente al hecho de que la investigación no se centró específicamente en las CPRS, muchas veces los datos se hallaron inútiles en el avance sobre la comprensión de las CPRS. A pesar de esta falta de cohesión y enfoque, algunas relativamente bien apoyadas conclusiones, relativas a la utilización de las CPRS, se han extraído de este cuerpo desarticulado de la literatura.

Como las CPRS se introdujeron inicialmente como instrumentos para evaluar la hiperactividad en los niños, parece lógico discutir primero la forma en que la literatura apoya esta afirmación. En los casi 30 años desde su desarrollo, la investigación ha mostrado a las CPRS no sólo como sensibles a la hiperactividad, sino a una gran variedad de influencias externas (por ejemplo, desastres naturales, participación de los padres) e internas (por ejemplo, síndrome de X frágil, el desarrollo cerebral). Las CPRS se muestran como un instrumento válido y fiable para evaluar la psicopatología en general, pero parecieran quedarse cortas en su capacidad para discriminar a lo largo de las líneas de diagnóstico.

Los estudios mostraron que las CPRS consistentemente distinguen a los ADHD de los normales (por ejemplo, Ackerman y Plomin). Sin embargo, numerosos estudios muestran también que las CPRS son igualmente eficaces en distinguir a los normales de muchos otros controles psiquiátricos, tales como trastorno de conducta (Barkley, 1984), discapacidades de aprendizaje (Kuehne et al., 1987), y a niños que han tenido hidrocefalia de pequeños (Fernell et al., 1991).

Sólo un único estudio, no duplicado, informó de que las CPRS son capaces de separar individuos dentro de un grupo de diagnósticos psiquiátricos mixtos (Kuehne et al., 1987). Zelko (1991) encontró que la ASQ-P/T era capaz de distinguir entre el ADHD, los controles psiquiátricos mixtos, y los normales, pero no pudo separar de manera efectiva los controles psiquiátricos por grupo de diagnóstico. Muchos estudios revelaron que las CPRS no son capaces de diferenciar el ADHD de otros trastornos (por ejemplo, Stein y Zelko) y no se encontró el sustento de que cualquier escala específica sea eficaz en la identificación de su correspondiente trastorno (es decir, que la Escala de Problemas de Aprendizaje discrimine de manera efectiva a los individuos con discapacidad de aprendizaje).

Es importante darse cuenta de que las CPRS no son una medición directa de la conducta del niño, sino un reflejo de la percepción de los padres. De hecho, la investigación muestra que las CPRS se correlacionan pobremente con las pruebas de laboratorio (por ejemplo, Plomin y Foch, 1981), con sólo unas pocas excepciones, tales como resultados seleccionados de los CPT (Seidel y Joschko, 1991), y nivel de actividad (Reichenbach et al., 1992). Como medición de una percepción, las recomendaciones sobre las CPRS están sujetas a la influencia de cualquier cantidad de variables externas como el estado de ánimo y la capacidad los padres, el tiempo dedicado al niño, la motivación para solicitar tratamiento, y el locus [*4] de comportamiento que más preocupa a los calificadores.

Rapoport y Benoit (1975) encontraron que mientras en los diarios de las madres sobre el comportamiento sus hijos había una buena correlación con la observación directa, en las puntuaciones de las CPRS, no. Esto podría indicar que los padres tienen dificultades para traducir el comportamiento a clasificaciones clínicas diferenciales tales como ‘La mayoría’ y ‘Mucho’. Numerosos estudios mostraron que los factores tales como la salud mental de los padres (Frick y Schaughency), el número de niños en el hogar (Conger et al., 1984), la discordia marital (Smith & Jenkins, 1992), y el tiempo pasado con el niño (Fitzgerald et al., 1994), tienen un efecto significativo en las puntuaciones de las CPRS.

Los resultados de las CPRS también pueden variar según qué área de comportamiento juzgue el calificador que es más importante. Chelune et al. (1986), encontraron que las calificaciones de los padres sobre hiperactividad se correlacionaban bien con las puntuaciones de los médicos sobre la respuesta a la medicación, mientras que las puntuaciones de los docentes fueron inversamente proporcionales, lo que sugiere que quizás los padres y los maestros estaban utilizando criterios totalmente distintos en la evaluación del comportamiento, o quizás veían un comportamiento similar en formas opuestas. Por último, las clasificaciones de los padres de pueden ser elevadas debido a alguna necesidad de que el niño esté enfermo (por ejemplo, para procesos judiciales) o las calificaciones pueden ser desinfladas [como producto] secundario a la negación o el deseo de que el niño esté bien. Es de suma importancia, cuando se utilizan las CPRS, el tener en cuenta la multitud de posibles influencias que pueden alterar de forma significativa las puntuaciones.

Mientras que las CPRS tienen una serie de cualidades empírica y conceptualmente sólidas, también son limitadas por su naturaleza amplia e indirecta. Las CPRS se concibieron como una medida global, destinada a proporcionar un panorama general de los patrones de comportamiento de un niño. No se trata de una medición de una situación específica que centre estrechamente la atención clínica en cualquier faceta particular de la vida de un niño. Al considerar a las CPRS como una herramienta de diagnóstico, es fundamental recordar que su utilidad está limitada por la manera en que se evalúa el comportamiento. Sus preguntas tocan una amplia gama de comportamientos, sin focalizar la atención en cualquier área en particular.

Si bien la falta de especificidad de una situación de las CPRS puede descartarlas como las pruebas de elección cuando el objetivo es una evaluación detallada de un problema específico (por ejemplo, relaciones entre iguales, la ira); por su amplio alcance, es más probable que identifiquen la existencia de una amplia gama de áreas problemáticas. Estas áreas problemáticas pueden ser objeto de un escrutinio posterior y/o atención terapéutica. Por lo tanto, las CPRS son ideales para una evaluación inicial o una evaluación de entrada donde se desee una vista panorámica.

Si bien amplias en su naturaleza, las CPRS también pueden verse como de un alcance limitado, ya que extraen información de una sola fuente – los padres. Debido a este limitado alcance, las CPRS no pueden ser utilizadas como el único instrumento en el cual basar un diagnóstico. Las investigaciones muestran a la fiabilidad de los calificadores de las CRS como de baja a moderada. La fiabilidad entre la madre y el padre se ha encontrado que está entre 0,59 y 0,35 (Conners y Fitzgerald), mientras que la fiabilidad entre los padres y los profesores es aún menor, de 0,33 (Barkley, 1988) a 0,03 (Chelune et al., 1986).

Tales discrepancias potenciales de la percepción entre los evaluadores, mientras que demuestra la vulnerabilidad de las CPRS a la parcialidad de los calificadores, añade un valor significativo a la utilidad de las escalas para el diagnóstico. Las comparaciones entre la madre y el padre, o entre los padres y los maestros pueden prestar una valiosa información de diagnóstico en relación con la coherencia de los comportamientos y la forma en que se perciben a través de las situaciones y de los observadores. La última revisión ofrece una escala de auto-informe para añadir a la batería de diagnóstico. Además, una entrevista clínica, las pruebas de laboratorio y la observación directa, pueden complementar a las CPRS para producir un bien redondeado y exhaustivo panorama. El consenso encontrado en la literatura parece apoyar la idea de que las CPRS son un instrumento eficaz para discernir a los niños normales de aquellos con problemas importantes, pero es empíricamente imposible que  funcionen como una única herramienta de diagnóstico.

Si un dispositivo de detección es necesario, no hay duda de que las CPRS son una excelente elección. Son efectivas en relación al tiempo y la eficacia, distinguen fácilmente a los normales de la población psiquiátrica, abarcan una amplia gama de comportamientos, y están disponibles en un formulario abreviado que es igualmente eficaz que el formulario largo en la identificación de conductas desviadas (por ejemplo, Zelko, 1991). Como una herramienta de investigación, los puntos fuertes de las CPRS se encuentran en su brevedad, la facilidad de su administración, la fiabilidad en el tiempo, y la sensibilidad al tratamiento. Mientras que las CPRS pueden ser útiles en la identificación de individuos para su inclusión en un grupo de control normal, es fundamental recordar que su poder discriminatorio no es lo suficientemente alto como para justificar su uso en la selección de un grupo homogéneo experimental psiquiátrico (es decir,  ADHD, Trastorno de Conducta, etc.). El uso de las CPRS como la única base para la inclusión en un grupo es probable que produzca resultados no válidos que no resistirán el control de la validación cruzada.

A pesar de su limitada utilidad diagnóstica, las CPRS parecen ser de utilidad para el seguimiento de los resultados de un tratamiento. Estudios bien controlados han demostrado que las Escalas de Conners son sensibles a una amplia gama de tratamientos (por ejemplo, psicofarmacológicos, de comportamiento, dietarios) entre poblaciones variadas (por ejemplo, hiperactivos, autistas, enfermos de cáncer). El consenso abrumador entre la literatura apunta a la forma abreviada de las Escalas de Conners como la opción ideal para la medición de los resultados de un tratamiento (por ejemplo, Conners y Pollock). Además de respaldo empírico en la literatura, la utilización de las formas abreviadas está respaldada por la facilidad con que se administran, completan, y calificación. A pesar del engañoso título (es decir, el HI [*5]), la forma abreviada representa los ítems que resultaron ser más sensibles a los efectos del tratamiento y, por tanto, la opción obvia cuando se decida una medición del resultado de un tratamiento.

Dos puntos importantes deben ser considerados cuando se utilizan las Escalas de Conners para monitorear el progreso terapéutico. Primero, hay pruebas bien documentadas de una significativa reducción en las puntuaciones entre la primera a la segunda administración de las CRS (por ejemplo, Conners; DiTraglia y Fischer). Esa disminución podría producir la impresión errónea de que un tratamiento es eficaz sólo si se consideran las primeras y la segundas administraciones (por ejemplo, línea de base vs. post-tratamiento). Por esta razón, las Escalas de Conners deben administrarse dos veces antes de que se inicie el tratamiento, haciendo las comparaciones entre la segunda y las posteriores administraciones.

Segundo, la investigación ha demostrado que, como medición global de comportamiento, las CRS están sujetas a la parcialidad de los calificadores, que pueden influir en cómo un tratamiento en particular es percibido. Por ejemplo, DiTraglia (1991) encontró que mientras que los maestros consideran a los efectos terapéuticos del metilfenidato como importantes, los padres no, lo que sugiere que quizás los efectos que un evaluador considera como beneficiosos (es decir, la atenuación general del comportamiento), los otros los consideran nocivos. Conners et al. (1976) encontró un alto índice de acuerdo entre los padres y maestros cuando se ha utilizado un tratamiento no farmacológico, proporcionando una prueba más de que las Escalas de Conners pueden ser particularmente sensibles a la percepción de los calificadores.

En los casi 30 años desde su desarrollo, las CPRS se han convertido en un estándar en la evaluación del ADD con Hiperactividad. Desgraciadamente, su uso no ha sido tan bien estandarizado. El mal uso de las CPRS parece que se deriva de los primeros años de desarrollo de la escala, cuando tanto los investigadores como los médicos aplicaron las CRS, en ausencia de apoyo empírico sólido y sin la orientación necesaria de un manual publicado oficialmente. Como resultado de este temprano mal uso, las CPRS continúan siendo aplicadas fuera del ámbito de su probada eficacia y tergiversándose en la literatura.

Conners diseñó las escalas de  calificaciones para ser breves, de fácil puntuación, y de fácil administración. Estas cualidades son particularmente útiles cuando son necesarias varias administraciones o si el tiempo y los gastos son consideraciones necesarias. La probabilidad de que un área importante sea pasada por alto en la evaluación inicial se ha reducido considerablemente debido a las CPRS de amplio alcance y la estandarización de la administración. Esta naturaleza altamente estandarizada de las escalas también permite comparaciones más relevantes de resultados con la base normativa que es ahora una parte integral de la sólida base empírica detrás de las CPRS.

Por lo tanto, la investigación identifica tres usos primarios para las CPRS: un pantallazo general para la psicopatología, un auxiliar de ayuda de diagnóstico, y una medición general del resultado del tratamiento. Mientras que las CPRS fácilmente identifican a los niños que manifiestan problemas de comportamiento, falla en separar consistentemente a los niños a lo largo de las líneas de diagnóstico. Debido a esta deficiencia y su sensibilidad a los comportamientos desviados, las CPRS no deben utilizarse para diagnosticar, sino más bien como un dispositivo de detección para ayudar a individualizar a los niños potencialmente necesitados de tratamiento médico o psicológico. A pesar de que las CPRS no deben ser utilizadas por sí solas para diagnosticar, su enfoque global y estandarizado de la administración proporciona un sólido complemento a cualquier evaluación diagnóstica. Por último, los resultados del tratamiento pueden ser fácilmente controlados mediante el uso de las escalas abreviadas, contenidas dentro de las CPRS. Por su diseño, estas escalas abreviadas, además de brindar sencillez y aumentar el cumplimiento, son especialmente eficaces en la detección de los cambios de comportamiento como respuesta al tratamiento.

Como las CRS se han atrincherado firmemente a sí mismas en los últimos 30 años como un instrumento de evaluación estándar en el diagnóstico de los trastornos de atención, es poco probable que su uso disminuya. Por el contrario, con el lanzamiento de la edición más actual de las CRS, pareciera haber un esfuerzo concertado para reintroducir las escalas como una ‘nueva familia de escalas calificativas de diagnóstico para niños y adolescentes’ (Conners, 1997), para perfeccionar la utilidad de las escalas, y para proporcionar una base empírica más sólida para su utilización a través de una población normativa ampliada. El actual cuerpo de literatura, como se indicó anteriormente, carece de estudios directamente dirigidos a las CPRS. Si el uso de las escalas va a seguir adecuadamente, será necesaria nueva investigación, destinada específicamente a las CRS para definir con mayor precisión el papel que las escalas deberían y son capaces de jugar.

La última revisión de las CRS ofrece a los investigadores la oportunidad de explorar, de manera más sistemática y precisa, las propiedades de las CRS. Aunque la revisión más reciente de las CRS no difiere radicalmente de las revisiones anteriores, contiene elementos adicionales (es decir, el Índice del ADHD, la sub-escala de síntomas del DSM-IV) que necesitan ser validados empíricamente. Debido a la similitud de la última revisión con las ediciones anteriores, también existe la oportunidad de reevaluar las propiedades psicométricas de las escalas que han sido aceptadas (casi a ciegas) por la comunidad psicológica. Al centrar los futuros esfuerzos de investigación sobre la más reciente edición de las CRS, mientras se tienen en cuenta las limitaciones reveladas en estudios anteriores, tal vez se puedan hacer avances hacia una mayor comprensión de este ampliamente aceptado, pero mal entendido, instrumento.”

[*3] N.T.: CPT significa “Continuous Performance Test”, es decir, Test de Rendimiento Continuo.
[*4] Locus: Posición que un determinado gen ocupa en un cromosoma.
[*5] HI: “Hyperactivity Index”, Índice de Hiperactividad.

Noté dos comentarios en particular en el artículo anterior:

“Es de suma importancia, cuando se utilizan las CPRS, tener en cuenta la multitud de posibles influencias que pueden alterar de forma significativa las puntuaciones.”

“Mientras que las CPRS fácilmente identifican a los niños que manifiestan problemas de comportamiento [¿Perdón? La simple observación también hace eso – ¡y no cuesta U$S 168 por vuelta!], falla en separar consistentemente a los niños a lo largo de las líneas de diagnóstico. Debido a esta deficiencia y su sensibilidad a los comportamientos desviados, las CPRS no deben utilizarse para diagnosticar, sino más bien como un dispositivo de detección para ayudar a individualizar a los niños potencialmente necesitados de tratamiento médico o psicológico.”

Estos comentarios me sugieren que, en primer lugar, las Escalas de Conners son tan científicas como una encuesta pop en una revista adolescente; en segundo lugar, ¡está claro que no deben utilizarse para diagnosticar ‘ADHD’!

Sin embargo, sé que SON usadas para diagnosticar ‘ADHD’ – de lo que he leído, son el método más popular utilizado para este fin. Cuando hice una pregunta acerca de esto en el foro de debate de Texans For Safe Education [Tejanos para una Educación Segura], esta fue la respuesta que obtuve de uno de sus miembros:

“Hola Bob:

Son interesantes los puntos que usted plantea. La mayoría de los padres con los que me he relacionado… Sigo escuchando constantemente de los padres de la misma historia… En la mayoría de los casos, el Neurólogo o el médico Pediatra… hecha un vistazo a la escala… puede hacer unas cuantas preguntas, leer rápidamente en voz alta un mini test de ‘IQ’ y entonces alcanzar el recetario de medicamentos para escribir una prescripción para un psicotrópico como el Metilfenidato. Así que, en esencia, el doctor ha utilizado la herramienta del artículo para diagnosticar. Justo lo opuesto a lo que dice el artículo. Algunos padres han sido afortunados de tener algún médico que por lo menos hiciera una toma de presión y un auscultamiento del corazón y, estirándolo, una mirada a los ojos. Pero la mayoría de las consultas no han durado más de media hora, la que más… tuve una que duró 12 minutos.”

Por lo tanto, ahí lo tenemos. Un niño con los síntomas de la enfermedad cerebral Encefalitis, será típicamente diagnosticado usando una combinación de su historia clínica, un examen neurológico, pruebas de sangre y orina, diagnóstico por imágenes cerebral y una punción en la columna vertebral. Un niño con los ‘síntomas’ de la ‘enfermedad cerebral’ ‘ADHD’, será típicamente ‘diagnosticado’, marcando las casillas de un cuestionario.

Esto al parecer ha venido sucediendo durante muchos años – al punto en que ahora hay millones de niños diagnosticados con ‘ADHD’. ¡¡A los padres se les ha informado que su niño puede tener un ‘trastorno neurobiológico’ – una ‘enfermedad cerebral’ – pero ese ‘diagnóstico’, de esa supuestamente grave enfermedad, ha sido alcanzado (¡a veces, al parecer, en cuestión de minutos!) usando un poco más que una encuesta pop!!

¿Por qué los padres no han notado la muy sospechosa y bastante evidente discrepancia?

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